19/03/2026: La tiranía del reloj frente a la fluidez del instinto
En esta entrada, el mar se convierte en un campo de entrenamiento para la paciencia. El 19 de marzo, les llevo desde la calma de un pueblo costero hasta el vértigo de una agenda urbana, explorando qué sucede cuando intentamos meter la inmensidad del surf en el corsé de 45 minutos cronometrados. Es una reflexión sobre la 'ansiedad del tiempo', donde la urgencia por aprovechar cada segundo termina por nublar la elección de la ola, recordándonos que, tanto en el agua como en la vida, la presencia es la única herramienta capaz de detener el reloj.
Caro Posso
3/19/20263 min read


Esta reflexión llega después de un día entero. No tienen que saberlo, pero se los cuento: vivo en un pueblito surfero —muy particular—, ni tan cerca ni tan lejos de la capital del Caribe colombiano, Barranquilla. Mis dinámicas diarias fluctúan entre el disfrute de los días pausados y sin prisa cuando me quedo en casa, y “bajar” a la ciudad (aunque geográficamente sería subir en latitud).
Mis miércoles y mis viernes son esos días de afán, de agenda llena, de muchos traslados. Son los días de actividades con mi hija, de citas médicas, de reuniones de trabajo y de ir a tomar café y un postrecito en algún rincón con mi esposo y socio. Por ello, usualmente, son días sin surf. Pero ayer, con esas olas tan increíbles que nos está regalando Yemanyá, había que madrugar para ir al agua; así fuera por unos cronometrados 45 minutos para gozar sobre mi tabla.
Y es que practicar este deporte no es solo eso, un deporte. Para algunos —como es mi caso y el de mi familia— se convierte en un estilo de vida. ¿Cómo así? Pues así: tus ahorros ahora son para comprar tablas, tus destinos de viaje cambian y los lugares con playas con olas suelen ser los elegidos. Tu clóset nunca volverá a ser el mismo; una gaveta para los vestidos de baño ya no es suficiente. En fin.
Pero volvamos a lo que hoy les quería compartir: lo que se siente al entrar al agua con cronómetro.
Como ya lo mencioné en un escrito anterior, tuve la oportunidad de competir en una válida del circuito nacional de surf hace ya un par de años. De toda la experiencia, una de las cosas más difíciles fue sentir cómo se agotaba el tiempo, literalmente. Pero no como lo dice la palabra, gota a gota, sino a chorro.
Ayer tenía 45 minutos solamente. En mi ritual al entrar al agua, hago unos 5 a 10 minutos de movilidad. Con pausa me pongo el leash, observo a la gente en el agua, ubico y analizo la ola, y entro. Pero al tener el tiempo tan reducido, todo cambia. Llegas a la playa, haces dos o tres movimientos, miras el set, calculas más o menos cuántas olas podrás coger en el tiempo que tienes y te trazas la meta: “Tres”, dije, “me alcanza el tiempo para tres olas”.
La primera (como lo habrán notado hasta ahora si leyeron con atención) es casi siempre mi mejor ola, y ayer no fue la excepción. Pero cuando me dirigía a volver por la segunda, sentí que había perdido mucho tiempo y me entró el afán. La segunda fue, entonces, un acto de desespero por haberle remado a la equivocada; la sensación de urgencia aumentaba. En el agua había preguntado la hora: “Son las 7:45”, me quedaban solo 15 minutos.
Busqué entonces el rastro de espuma para posicionarme donde no tuviera que remar tanto para que la ola me llevara. Este es un truco que Margarita me compartió no hace mucho: “Mira las burbujas que deja la rompiente para identificar dónde saldrá el pico”. Y aunque me ubiqué donde debía, la desesperación al final pudo más. Volví a elegir la equivocada. Y fue lo que fue.
Ahora entiendo que manejar la ansiedad del tiempo es clave, como en la competencia. Aunque haya un reloj marcando los segundos, lo mejor es estar en presencia. Vivir cada momento y no latigarse por lo que fue, ni preocuparse por lo que aún no llega.
Cuéntame, ¿tú cómo manejas el afán del tiempo?
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