25/03/2026: El espejo de la garita rosada

En esta entrega del 25 de marzo, me sumerjo en un slow mood que transforma la rutina matutina en un rito de observación. Desde la calma de un café en la orilla hasta la decisión estratégica de usar la cámara como espejo de conciencia, en el relato exploro la transición entre el ser que contempla y el ser que actúa. Es una crónica sobre la humildad del aprendizaje, donde un termo de princesas de Disney y diez segundos de video capturados desde una garita rosada se convierten en las herramientas necesarias para descifrar la técnica y abrazar la persistencia.

Caro Posso

3/25/20264 min read

Elegir, surfear, persistir, reflexionar.

Toda la semana el mar ha estado algo extraño, pero “botando ola”, como diría cualquier surfista porteño cuando le preguntas: “¿Cómo está el mar?”. ¿Qué significa esto? Usualmente, cuando la ola está chopi, el fondo se ha movido y cuesta más leerla porque las líneas no son tan claras; es decir, lo común en nuestra playa.

Comencé mi día en calma. Elegí dormir un poco más de lo habitual, aunque mi reloj biológico me despertó a la misma hora de siempre, justo cuando sale el resplandor de la mañana por mi ventana. Usualmente, cuando me levanto, lo primero que hago —desde hace ya poco más de cuatro años— es meditar (amo las meditaciones de Luis Perla, 100 % recomendadas). A veces acompaño el momento con un vaso de agua, pero más frecuentemente me voy al mar sin tomar nada.

Esta vez, siguiendo con el slow mood, preparé un cafecito para llevarlo al mar. No encontré mi termo de café y lo primero que hallé fue un termo de princesas de Disney —que luego haría reír a Margui en la playa—. Y allí estaba yo, tratando de mantener mi aura de surfista mientras el café reposaba en un termo donde una Cenicienta sonriente y sudorosa —ya sea por el calor del líquido o por la inclemente temperatura caribeña— parecía juzgar cómo enceraba mi tabla.

Llegué al mar a eso de las 8:00 a. m. Ya había unas ocho personas surfeando. “Está saliendo una olita chévere”, pensé. Desde la orilla se veía entretenida, pero no tuve prisa por entrar. Así que, en el mismo ritmo que marcó mi día desde que me levanté, decidí sentarme en mi spot favorito: la garita rosada de los salvavidas en el Hotel Pradomar. Esa estructura que parece un juguete de plástico olvidado en la playa, donde el viento trae el olor a salitre y el eco de las tablas golpeando el agua se siente más nítido, es el lugar al que subo en busca de soledad en medio de la multitud, o simplemente para tener una mejor perspectiva de mi rincón de paraíso. Me quedé observando a cada surfista correr su ola; contemplar, analizar y aprender.

Margui y Dany estaban corriendo izquierdas en su longboard. También Coco las estaba gozando en su shortboard. Les confieso que para mí las izquierdas, en general —y aún más las de Kily—, son todo un reto. Ver a Margarita en el agua es un placer. Margui hace ver el surf tan fácil que hasta el más talasofóbico pensaría en aprender a bailar sobre las olas con la gracia y ligereza con que ella lo hace sobre su tabla colorada. Hay una calma en sus hombros que engaña al ojo; hace que el caos del Caribe parezca una alfombra que se desenrolla bajo sus pies, elija donde elija ir. Así que me permití solo observar, con la ilusión de que mi memoria interiorizara algunos de sus movimientos.

Pasaron unos cuantos minutos y me dispuse a movilizar. La movilización del cuerpo antes de entrar al agua es fundamental; cuidar la movilidad no es solo para la práctica deportiva, sino para mantener un cuerpo saludable y garantizar una vejez más digna. Muchos surfistas, siguiendo el ejemplo de la leyenda hawaiana —el rey de Pipeline— Gerry López, combinan la práctica del yoga con el surf. Yo hoy, siguiendo las enseñanzas de mi querida Annie Wellness, solo hice un poco de movilidad articular: piernas (balance arriba y abajo, primero la derecha, luego la izquierda), apertura de caderas, arqueo de espalda y demás.

Y ahí fue cuando, terminando la sesión de movilidad, se me ocurrió: “¡Voy a grabarme!”. Como les comenté antes, estoy en el proceso de hacer conciencia de mi surfing y mejorar mi drop y mi bottom, buscando posicionarme mejor en la ola. Hice una prueba y vi que desde la escalera de la garita podía capturar todo el line-up. Le pregunté al profe Andrés si iba a quedarse allí, en la escuela, o si iba a entrar al agua, y su afirmación, seguida de un “¿estás segura?”, fue lo que necesité para tomar la decisión. Ubiqué el celular, puse a rodar la grabación y... ¡pa’l agua!

Fueron 27 minutos de grabación donde pude recorrer dos olitas —una ok y una no tan ok—. Verme después de la sesión me permitió ser consciente de cada movimiento; darme cuenta de que debo seguir trabajando en el drop y en el bottom, pero también en la postura de mi cuerpo en el take off. Hay que seguir entrenando fuera del agua en fuerza y resistencia del tren superior.

En mi mente, mi drop fue una caída vertical digna de una película de acción; en el video, era un recordatorio de que mi tren superior todavía tiene una conversación pendiente con la gravedad. A veces sabemos lo que sucede, pero nuestra mente pasa de ser nuestra aliada a nuestro peor y más adulador enemigo: monta excusas y construye explicaciones para ocultar bajo una bruma la evidencia que nos permite crecer.

Quién diría que todo eso saldría de analizar diez segundos, que fue lo que duró la olita. La cámara se convierte en el espejo perfecto de conciencia, en mi fuente de realidad para continuar con mi aprendizaje. Definitivamente seguiré eligiendo entrar, surfear en presencia plena, volver cuantas veces lo necesite para seguir mejorando y reflexionando para hacer conciencia, interiorizar, ajustar y volver a intentar.